Manuela Lori tenía 30 años y una carrera consolidada en el modelaje cuando un accidente cerebrovascular le cambió la vida. Tras dos semanas en terapia intensiva y cuatro meses de internación, logró reconstruirse como psicóloga pero se niega a dejar de lado su verdadera pasión: las campañas y avisos publicitarios.

“En el último año fui a todos los castings que pude y no quedé en ninguno. No me eligen”. La frase de Manuela Lori, dicha casi en voz baja pero con una crudeza imposible de disimular, resume el presente de una vida que cambió de forma abrupta. A los 34 años, después de haber vivido quince dedicándose al modelaje, ese mundo de flashes, campañas gráficas y avisos publicitarios se convirtió en un terreno hostil. No por falta de talento ni de experiencia, sino por las secuelas físicas que le dejó un ACV. Hoy, cada rechazo duele distinto: no es solo laboral, es también una forma de sentirse “afuera” de un lugar al que perteneció durante mucho tiempo.

Manuela había arrancado como modelo apenas terminó la secundaria, en una época donde las redes sociales todavía no eran el epicentro del negocio. Su camino se construyó a base de insistencia: primero fotos caseras, después un book profesional que su padre la ayudó a pagar, y finalmente castings constantes. No era una modelo de pasarela tradicional. “Para hacer alta moda tenías que medir 1,75 metros y yo mido 1,70”, explicó.

Pero tenía algo que las agencias comerciales valoraban: una cara expresiva y capacidad de actuación. “Empecé a hacer publicidades para gráfica de vía pública y televisión y me fue súper bien”, contó Manuela, en alusión a que protagonizó varios comerciales de una reconocida gaseosa cola.

“No estaba representada por las agencias más famosas, pero sí por aquellas que manejaban el circuito comercial, donde cada oportunidad dependía de ser elegida entre decenas”, aclaró. Ese ritmo, incierto pero sostenido, era su normalidad. Vivía de eso, de su profesión como modelo.

Con el tiempo, empezó a pensar en el futuro. Sabía que el modelaje no es una carrera eterna y decidió anticiparse. “Me anoté en la carrera de Psicología en la UBA mientras seguía trabajando. Durante años combiné los castings con los apuntes. Era una forma de construir un plan B, aunque en ese momento no imaginaba cuán necesario sería”, admitió.

Manuela se recibió en agosto de 2023. Cuatro meses después, el 3 de diciembre, su vida cambió para siempre. El ACV llegó sin aviso, cuando había iniciado una etapa importante en su vida: convivía con su novio en Nordelta. No hubo síntomas previos, ni señales de alerta.

Estaba en su casa, acostada, cuando de repente sintió un mareo fuerte, visión borrosa y un dolor de cabeza insoportable, como un golpe seco. En cuestión de segundos, dejó de sentir el brazo izquierdo y perdió parte de la visión. No era solo confusión: era la sensación de que algo dentro de su cuerpo había dejado de responder.

Su pareja, que estaba con ella, entendió que algo grave pasaba. “Me empezó a preguntar cosas para ver si yo estaba orientada en tiempo y espacio”, recordó. Pero la asistencia médica no fue inmediata. “La ambulancia tardó como dos horas”, contó. Y después hubo más demoras. “Nos dijeron que teníamos que llamar a la ambulancia de la prepaga y tuvimos que esperar una hora más”, detalló.

En lo personal, también hubo cambios profundos. Se separó de su pareja poco después del alta. “No quería ser una carga para él. Sentía que él me había elegido en una situación distinta, antes del ACV, y que ahora la relación podía transformarse en algo sostenido por obligación o por lástima”, contó. Y esa sensación se vuelve todavía más explícita cuando se nombra a sí misma desde un lugar muy duro: “Yo pasé a ser discapacitada”.

Desde ahí, Manuela decidió tomar una decisión que mezcla amor, miedo y una fuerte necesidad de no depender: “No quería que estuviera conmigo por obligación. Tampoco quería ser una carga para mi familia así que me mudé sola a San Fernando, donde viven mi papá y mis hermanos”.

Esa autonomía, en su caso, no es un dato menor. Es una conquista diaria. El ACV no solo afectó su cuerpo: alteró la forma en que se ve a sí misma y cómo cree que los demás la ven. La inseguridad, la vergüenza, el miedo a no ser elegida —en el trabajo, en el amor, en la vida— son parte de ese proceso.

Y sin embargo, hay algo en lo que se mantiene firme. “Quiero terminar de rehabilitarme para volver a modelar como antes”. Y en esa frase, más allá de las dificultades, aparece el motor que la sostiene. “Estoy convencida que si uno se lo propone lo puede lograr”, concluyó.