En el marco de la misa realizada en la Basílica de Luján por el aniversario del fallecimiento del papa Francisco, la vicepresidenta Victoria Villarruel decidió no participar del acto central y dejó en claro su postura frente a lo que consideró una utilización política de un evento que debía tener un carácter puramente espiritual.

Villarruel, quien se encontraba a cargo del Poder Ejecutivo por el viaje de Javier Milei, había sido invitada a formar parte de la ceremonia. Sin embargo, optó por ausentarse al considerar que el acto estaba atravesado por una fuerte presencia dirigencial que desdibujaba el sentido del homenaje.

Lejos de evitar la polémica, la vicepresidenta fue directa: aseguró que la ceremonia en Luján estaba “politizada” y apuntó contra la presencia de lo que definió como “la casta política”, cuestionando el rol de distintos dirigentes presentes en el lugar.

En ese contexto, la imagen de referentes como Bartolomé Abdala, Martín Menem, Manuel Adorni y Diego Santilli ubicados en primera fila reforzó la lectura crítica de Villarruel sobre el evento.

En paralelo, la vicepresidenta eligió participar de otra conmemoración en un ámbito más reducido, priorizando —según su visión— un homenaje más alineado con el legado del papa Francisco, centrado en la reflexión, la fe y el encuentro genuino.

Mientras tanto, la ceremonia en Luján reunió a funcionarios y dirigentes de distintos espacios políticos, lo que terminó consolidando un clima atravesado por tensiones y lecturas cruzadas.

Más allá de la coyuntura, el gesto de Villarruel dejó un mensaje político claro: la necesidad de preservar ciertos espacios, especialmente los vinculados a la fe, de la dinámica partidaria.

En un escenario de creciente polarización, su decisión buscó marcar un límite y diferenciarse, poniendo el foco en lo que considera un respeto indispensable hacia la figura y el legado del papa Francisco.